Editorial / Cuando los padres están, pero el tiempo no alcanza
Hay crisis familiares que no comienzan con una separación, una discusión o una infidelidad. Algunas comienzan de manera mucho más silenciosa: con padres que salen temprano de casa, regresan cuando sus hijos ya han avanzado buena parte de su jornada y, muchas veces, llegan cansados, agotados y con poca energía para conversar.
La vida familiar ha cambiado. Y no necesariamente porque los padres quieran estar menos tiempo con sus hijos, sino porque la sociedad actual parece haber instalado una carrera permanente por producir, trabajar, pagar cuentas, progresar y sostener un determinado estándar de vida.
Después de las 18:00 horas, para muchas familias comienza recién el segundo turno de la jornada: tareas escolares, alimentación, baños, traslados, actividades extracurriculares, compras, labores domésticas y, en medio de todo aquello, intentar conversar con los hijos.
Pero ¿cuánto tiempo queda realmente para escucharlos?
En muchos hogares, la solución ha sido recurrir a un after school, una niñera, una cuidadora o algún familiar que pueda hacerse cargo de los niños mientras los padres trabajan. Son alternativas necesarias y, en muchos casos, imprescindibles. El problema no está en quienes cumplen esa función. El problema aparece cuando el sistema completo termina reemplazando espacios que antes estaban destinados a la convivencia familiar.
Porque criar no es solamente garantizar alimentación, vestuario, educación y seguridad. También significa acompañar, conversar, poner límites, conocer las preocupaciones de un hijo, saber qué le ocurre en el colegio, con quién se relaciona, qué está viendo en internet y cuáles son sus temores.
Y ahí aparece una nueva dimensión de la crisis familiar.
En los años 80, cuando se hablaba de los problemas que afectaban a la familia, buena parte de la preocupación estaba asociada a los matrimonios rotos, las separaciones y los conflictos al interior del hogar. Hoy existen esas mismas dificultades, pero se agregan otras que avanzan casi sin hacer ruido: la falta de tiempo, el cansancio, la hiperconectividad, el aislamiento y la dificultad para compartir.
Un niño puede vivir con ambos padres bajo el mismo techo y, sin embargo, pasar buena parte del día sin verlos.
Puede tener una casa, pero no necesariamente un espacio cotidiano de conversación.
Puede tener acceso a internet, pero no necesariamente un adulto que lo acompañe en aquello que encuentra allí.
Puede contar con educación formal, pero tener dificultades para desarrollar hábitos de estudio porque nadie tiene el tiempo suficiente para acompañarlo.
Y puede estar rodeado de otros niños en el colegio o en actividades extracurriculares, pero experimentar una socialización cada vez más mediada por pantallas.
El teléfono celular se ha convertido, en demasiados casos, en el compañero que llena los silencios que los adultos no alcanzan a ocupar.
No se trata de demonizar la tecnología. Internet ofrece oportunidades extraordinarias para aprender, comunicarse y acceder al conocimiento. El problema aparece cuando se transforma en sustituto de la conversación, del juego, de la lectura compartida o simplemente de estar juntos.
La paradoja es evidente: tenemos más herramientas para comunicarnos que nunca, pero muchas familias tienen cada vez menos tiempo para hacerlo.
Y detrás de esto existe una realidad económica que tampoco podemos ignorar.
La sociedad exige mayores ingresos. La vivienda es cara. Los servicios cuestan más. La educación, la salud, el transporte, las actividades de los hijos y las expectativas de consumo presionan permanentemente los presupuestos familiares.
Entonces, trabajar más parece ser la única respuesta.
Más horas.
Más responsabilidades.
Más ingresos.
Más productividad.
Pero la pregunta incómoda es cuánto cuesta, finalmente, ese esfuerzo cuando lo que se pierde es tiempo familiar.
Porque el tiempo con los hijos no se puede recuperar.
Un padre puede decir que trabaja muchas horas por sus hijos. Y probablemente sea cierto. Pero también puede ocurrir que, sin darse cuenta, termine trabajando tanto para ellos que apenas tenga tiempo para estar con ellos.
Ese es uno de los grandes dilemas de la familia contemporánea.
No basta con preguntarnos cuánto gana una familia. También deberíamos preguntarnos cuánto tiempo comparte.
No basta con medir el éxito familiar por la casa, el automóvil, las vacaciones o el colegio al que asisten los hijos. También deberíamos considerar cuántas conversaciones existen en ese hogar, cuántas comidas se comparten, cuántas veces los padres preguntan realmente cómo estuvo el día y cuántas veces los hijos sienten que pueden hablar sin ser apurados por el reloj.
La familia necesita recuperar espacios.
No necesariamente grandes espacios. A veces bastan pequeños rituales cotidianos: cenar juntos, apagar los teléfonos durante un rato, acompañar una tarea, conversar antes de dormir, caminar, cocinar, leer o simplemente sentarse a escuchar.
El desafío no es volver a los años 80. Tampoco idealizar una época que tuvo sus propias dificultades y profundas desigualdades.
El desafío es preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo.
Una sociedad que corre cada vez más rápido puede terminar dejando atrás aquello que necesita más tiempo para construirse: los vínculos.
Los hijos crecen mientras los adultos trabajan. Los años escolares pasan. La infancia termina. La adolescencia llega. Y muchas veces nos damos cuenta demasiado tarde de que estuvimos presentes para pagar las cuentas, pero ausentes para acompañar algunos de los momentos más importantes.
Quizás la verdadera discusión sobre la crisis familiar de hoy no debería centrarse solamente en matrimonios que se separan.
También deberíamos hablar de las familias que permanecen juntas, pero que apenas logran encontrarse.
Porque una familia no se sostiene únicamente compartiendo un domicilio.
Se sostiene compartiendo tiempo.
Y en una sociedad que galopa hora a hora, quizás ese sea precisamente el recurso que más estamos perdiendo.
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